Despedidas

“Este adiós no maquilla un hasta luego,

este nunca no esconde un ojalá,

esta ceniza no juega con fuego,

este ciego no mira para atrás”

Nos sobran los motivos. Joaquín Sabina

 

Cuando uno ve que se acerca el final, ya sea de una etapa, del año o de su vida, siente la necesidad de despedirse de alguna manera de aquellos seres más queridos, de los que en algún momento lo fueron y ya no lo son, de lugares o de momentos. A veces, incluso tenemos la necesidad de despedirnos de nosotros mismos para poder encontrarnos.

Hace tiempo leí un libro de Rosa Montero titulado “La ridícula idea de no volver a verte” en el que hablaba sobre la pérdida de su pareja tras una larga enfermedad comparándola con el repentino fallecimiento del marido de Marie Curie, que se marchó por la mañana a trabajar y murió en el acto en un accidente con un coche de caballos.

Con esta novela uno reflexiona si preferiría tener la oportunidad de despedirse y de alguna forma “quedarse en paz” a pesar de ver sufrir a un ser querido en sus últimos días, o que se marche sin esperarlo y sin haber podido siquiera decirle adiós. Nunca consigo llegar a una conclusión que me convenza, me debato entre una opción y otra con el deseo de no tener que pasar de nuevo por ninguna de ellas.

He visto como se apagaban lentamente las luces de gente que no conocía y de gente a la que quería mucho, muchísimo, y aunque en ese momento hubiera dado lo que fuera por evitarles la decadencia a la que te lleva el dolor, es cierto que el poder despedirte te ofrece una leve sensación de tranquilidad y de calma.

También he sido testigo de muertes en las que nadie ha podido siquiera dar un último abrazo, sentir una última caricia o decir un último “te quiero”, y resulta desgarrador. De una forma o de otra, las lágrimas y la pena no te las quita nadie, las pérdidas son terribles sean anunciadas o te pillen por sorpresa. Y si además son en estas fechas, parece que duelen mucho más.

El miedo a no despertar tras una operación o a coger un avión y que no aterrice puede hacer que nos despidamos muchas veces aunque no seamos conscientes de que lo estamos haciendo. Una cena con amigos, un mensaje que se había quedado en espera desde hacía mucho tiempo, un apretón de manos o una declaración de amor son, quizá, pequeños gestos que nos ayudan a dejar todo dicho “por si acaso”.

Y es que las despedidas, aunque no sean definitivas, siempre llevan una “rotura” implícita. Bien por la distancia, por el punto y final a algo en común –un proyecto, un amor, una vida- o por el vacío que queda cuando uno se va, algo nos cambia por dentro.

Cuando termina el año también tenemos esa necesidad de despedirnos de todos aquellos que nos rodean, la familia, los amigos, los compañeros de trabajo… Lo hacemos con el envío de postales de Navidad –aunque esta tradición se esté perdiendo-, de los mails más formales o incluso de la avalancha de whatsapp en forma de vídeos, gifs, fotos o canciones.

Llamamos a los que están más lejos para hacerles llegar nuestros mejores deseos, para decirles –sin decirlo- que son especiales para nosotros, que son importantes en nuestra vida, que nos gustaría tenerles cerca, que les queremos. También están las llamadas por compromiso, pero esas son otra historia.

Despedimos el año escribiendo nuestros propósitos para el año que empieza tras hacer el balance de todo lo que hemos logrado, de lo que nos ha faltado en el año que acaba y de todos esos sueños que nos quedan por cumplir. Nos prometemos que nos esforzaremos por conseguirlos, que sonreiremos al 2017 para ver si, por fin,  es “nuestro año” -aunque de eso solo nos damos cuenta cuando ha pasado el tiempo y descubres que ese año que pasó sin pena ni gloria te dio muchas más alegrías de lo que creías-.

En definitiva, aunque a nadie le gusten las despedidas, la vida está llena de ellas y a pesar de que algunas nos dejan cicatrices que no se borrarán nunca, otras se convierten después en reencuentros. Y no hay nada mejor que el abrazo de un reencuentro. ¡Feliz Navidad!

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Bienvenido a este mundo loco

“Nunca creí lo que me dijo esa mujer, 
que ibas a ser algo tan grande aquí en mi ser. 
Y mira el tiempo con sus pasos me cambió. 
Te trajo a mí y ahora soy feliz”

Nada mejor. Rosario Flores

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Abre un ojo, vuelve a cerrarlo, se lo frota con el puño y hace un amago de puchero que se disipa en el mismo instante en el que escucha la voz de su madre “¿te has despertado ya, mi amor?”. No hace falta más. Ya vuelve a sentirse seguro, fuera de todo peligro.

Se espabila un poco más y me decido a cogerle. Estoy deseando darle quinientos besos y mil “achuchones”. Aunque su genio no siempre lo permite. Unas cosquillas, unas pedorretas en el cuello, algún lanzamiento al aire y sus carcajadas hacen que te olvides de todo, de los problemas, del mundo e incluso de ti misma. Es el poder que tienen “esos locos bajitos”, que quitan las penas sin darse cuenta.

Mi Nicolás es el resultado de una historia de las que me gustan, de las que empiezan como sin querer, pero queriendo -y mucho- aunque uno no se entere al principio. Y es que como dice la canción “cuando el amor llega así de esta manera, uno no se da ni cuenta”.

Un niño, porque los niños son de las madres, no podía ser de otra manera. Un niño que es igualito a su padre pero que saca a relucir el carácter de su madre haciendo lo que quiere. Un niño que será del Barcelona -aunque cada vez que le pongan el traje de su equipo este pierda-, escuchará a Sabina y cuando sea mayor tomará chupitos de Jager para brindar con los amigos, que serán muchos, porque lo lleva en los genes de papá.

Un niño que llegará tarde alegando siempre alguna excusa de peso -o eso creerá él- y nadie se lo tendrá en cuenta porque ya estarán acostumbrados. Un niño que se ganará a la gente por esa mezcla de ingenuidad que habrá heredado de su madre y que no puede transmitir más ternura. También será valiente para afrontar los problemas y sabrá reírse de ellos, hasta de los más duros, porque aprenderá que no hay mal que cien años dure y que después de un revés viene algo muy bueno para compensar.

Será como quiera ser, será lo que quiera ser, pero lo que no me cabe ninguna duda es que será feliz, siempre. Ya lo es.

No soy madre, pero creo que la mirada de esta foto refleja  lo que es tener entre tus brazos una parte de ti. Una alegría inmensa, que se siente en una capa de la piel que no sabías que existía, admiración y AMOR, así, en mayúsculas. Se activa una forma de querer diferente a cualquiera que hubieras experimentado antes. Su cara lo dice todo, no necesita nada más. Si alguien me pregunta qué es la felicidad, contesto que esa imagen. No puede ser más bonita ni trasmitir más.

Llevo diez meses de retraso, pero nunca es tarde para decir: bienvenido, Nicolás, a este mundo loco, que te hará llorar muchas más veces de lo que quisieras, pero que las risas siempre podrán más y harán que la balanza se quede en el lado bueno de las cosas.

Te caerás, pero podrás levantarte, unas veces solo, otras con ayuda de alguna mano. No te preocupes eso no te hará más débil, solo te hará crecer y seguir. No te rindas nunca, con esfuerzo podrás conseguir lo que te propongas. Vive, sueña, ama y no pierdas la sonrisa. Bienvenido a tu vida, que es parte de la nuestra.

“A menudo los hijos se nos parecen,
así nos dan la primera satisfacción”

Volver

“Vaya uno a imaginar en dónde y cuándo el tiempo se hará polvo en la espesura”

Mentiras Piadosas. Mario Benedetti

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Me olvidé de lo importante, podría echar la culpa a la falta de tiempo -realmente carecía de él- pero uno siempre sabe que en el fondo eso no sería más que una forma de echar balones fuera y no asumir su responsabilidad.

Ser adulto no es fácil -quién dijo que lo fuera-, implica tomar decisiones, asumir las consecuencias y seguir viviendo aunque haya días en los que cueste un triunfo levantarse de la cama, salir a la calle y exponerse a una marea en la que no siempre es sencillo nadar. A veces simplemente nos mantenemos a flote esperando que llegue algún bote salvavidas y nos rescate -del temporal o de nosotros mismos, no estoy muy segura- y otras, nos rendimos y nuestro cuerpo comienza a hundirse bajo el agua dejándonos sin respiración.

Cuando el aire te falta en exceso tienes dos opciones, seguir bajando o guardar la calma y empezar a mover piernas y brazos en busca de la superficie. El susto en la cara, un poco de tos y ese sabor a sal en la boca por el trago que has pegado mientras luchabas por salir a flote son las consecuencias menores, por dentro, aunque aún no lo sepas, eres un poquito más fuerte.

Nada dura para siempre, ni siquiera los problemas, o eso dicen. Así que solo hay que tener paciencia y saber esperar sin desesperar en el intento. Todo vuelve a su lugar cuando menos te lo esperas, es cuestión de relativizarlo todo y dar a las cosas la importancia que se merecen, ni más ni menos. La teoría es tan simple que da risa, ¿verdad?, otro cantar es ponerlo en práctica.

Perderse y volver a encontrarse, en eso consiste crecer. Sentir, sentir muchas cosas, buenas y malas, todo ayuda, porque sufrir es parte también de ese crecimiento, aunque duela. Es como ese refrán que dice “lo que no te mata, te hace más fuerte”, y así es la vida, un montón de pruebas que te debaten entre la alegría, el hastío, la indiferencia o la pena. Saber encontrar el equilibrio entre todo eso es el secreto para ser feliz.

Una buena película, una serie, un libro, un paseo, una comida entre risas, una tarde de confidencias, un mensaje inesperado, un abrazo en el momento adecuado, incluso un masaje en los pies, hay muchas pequeñas cosas que pueden tirar de nosotros cuando nos falta el aire.

Y esto iba de “Mi mundo y las pequeñas cosas” y lo olvidé, lo abandoné en un rincón de mi cabeza, donde se han escrito muchos relatos durante todos estos meses y se han perdido entre el estrés, el trabajo, el no llegar a todo, el agobio por no tener tiempo y la autoexigencia.

Quise escribir sobre un perro llamado Tequiero, sobre la anciana que empujaba cada mañana un carrito de flores desteñido y esperaba en la esquina a que abrieran el supermercado, sobre la bolsa dorada que reposaba al lado de un colchón viejo y mugriento cubierto por mantas roídas, sobre el pequeño Spiderman que creía volar subido en un patinete, sobre la señora que me habló orgullosa de sus nietos olvidando mientras que el dolor y la enfermedad le comían por dentro, o sobre el joven negro que vende abanicos y pañuelos a la entrada del metro y no es consciente de que es la primera persona a la que le damos los buenos días muchos de los que pasamos por allí.

También quise escribir sobre las chimeneas, sobre los paseos a caballo, sobre los domingos remoloneando en la cama, sobre la sonrisa permanente, sobre cenas perfectas de dos huevos fritos y una hogaza de pan de pueblo, sobre la confianza y sobre las despedidas.

Quise muchas cosas pero no tuve tiempo de hacerlas porque me tocó priorizar y dejé cosas importantes para otro momento y todos sabemos que esos momentos se pierden y no se recuperan. Pero también sabemos que nunca es tarde para volver, aunque algo haya cambiado, todos lo hacemos.

Pensaba terminar con la canción de Carlos Gardel, Volver, pero mejor me despido con esta canción que aunque se ha puesto de moda ahora en una versión más rápida, yo prefiero su versión original, más lenta, más suave, como un susurro. He vuelto.

“There’s a place I go to
Where no one knows me
It’s not lonely
It’s a necessary thing”

 

 

 

 

 

Sueños desteñidos

“El trabajo transforma el talento en genio”. Anna Pavlova.

A cada vuelta del tambor de la lavadora sonaba un nuevo gemido al que acompañaba una lágrima. Cayeron tantas como las veces que había pensado en rendirse y volver a su vida anterior. Los madrugones para adelantar trabajo antes de ir a la oficina, las tardes de sol encerrada en casa con el ordenador y una pila de libros, las noches solitarias lejos de su hogar…

Todo eso ya no pesaba, lo había conseguido. Sonrió levemente y siguió dándose pellizcos en el brazo para comprobar que no estaba soñando mientras veía sus calcetines rojos de la suerte girar destiñendo el resto de la colada.

Curiosa, distinta, serena, exquisita.

Y, por fin, septiembre

“Las personas tienen que soñar, si no las cosas simplemente no suceden”. Óscar Niemeyer.

Hace un año ya conté que este mes es uno de mis favoritos, pero tras el calor infernal que hemos padecido este verano, estaba siendo aún más deseada su llegada. He tenido un poco abandonado mi rincón, pero el día tiene menos horas de las que yo quisiera y en mi agenda más cosas que hacer de las que soy capaz de asumir, así que como hay que priorizar, Reflejos de mi mirada ha tenido que esperar hasta ahora.

Septiembre es el mes de los recuentros tras la vuelta de las vacaciones -si has tenido la suerte de tenerlas-, el mes de disfrutar de las terrazas apurando las últimas tardes en las que aún es de día, de descubrir los restaurantes nuevos y volver a tus favoritos, de ver ropa diferente en las tiendas, de elegir conciertos a los que ir cuando nos invada el frío, de hacer planes rurales para los fines de semana otoñales. Es el mes de la uva, de las fiestas de mi ciudad y de mi pueblo, es el volver a empezar, los bolígrafos de colores, los cuadernos bonitos, las agendas especiales, el cambio de look para recibir a la nueva estación. Es la ilusión por los proyectos nuevos, la alegría de seguir con los que había y las ganas por otros futuros.

Septiembre es un paseo al atardecer caminando entre las primeras hojas que se caen, una mirada intensa al brindar con una copa de vino, es una noche de jazz en buena compañía, una comida con la que deleitarse en cada bocado y que es pura poesía, no solo en palabras del cocinero mientras te describe los platos, sino también en tu paladar. Es un domingo de manta, sofá y película, con palomitas o sin ellas, pero contigo.

Septiembre es el aniversario de este cajón en el que guardo las palabras que necesitan salir, las historias, los momentos, las lágrimas y las sonrisas. Es el refugio de lo que hay dentro de mí, que no siempre sale a la superficie y se deja ver. Es un sentimiento y una necesidad. Es la oscuridad de una habitación iluminada por la luz de un flexo, una mesa, una silla junto al radiador y unos dedos que presionan cada letra con agilidad como si llegaran tarde a alguna parte. En definitiva soy yo y mis circunstancias -o las tuyas-. Te invito a quedarte y a soñar conmigo. Comenzamos.

Listen to me again, stop the clocks forever

El resbalón

“Se necesitan dos para que haya un accidente” F. Scott Fitzgerald

Procuraba no perder sujetándole las nalgas, pero estaba resbaladiza. Acababa de echarse el aceite corporal justo antes de que él entrara sigilosamente en la ducha. Le encantaba sorprenderla en mitad de la nube de vapor que se formaba en el baño cuando había tenido un día duro. María subía dos o tres grados la temperatura del agua, era la mejor forma de diluir los problemas, sobre todo cuando Juan caldeaba el ambiente aún más. Una lástima que esa noche ambos terminaran en el hospital. Juan había perdido. Perdió el equilibrio y la memoria, María los dientes.

Cruce de caminos

“Éramos la versión liberada de nosotros mismos”

Estoy mucho mejor. David Foenkinos

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Ante la inmensidad del mar y un cielo al atardecer que se enciende en la lejanía, allí donde se une con la sal, se juntan unas manos y encierran un pedacito de esa grandeza. 

Es curioso, aísla las aguas en calma, tranquilas, casi inmóviles, y las protege dentro del corazón. Tan libre, tan caótico, tan fugaz y, sin embargo, guarda la calma en lugar de la tempestad.

Es extraño, desconcertante, tan ardiente como el sol antes de esconderse y a la vez tan frío como el azul de las olas al anochecer.

Una imagen llena de contrastes, como él, por eso gustan.

Albert Espinosa describía en uno de sus libros a personas que pasan por nuestras vidas durante un determinado momento para dejar algo de ellos en nosotros mismos, los denominaba sus “amarillos”. No suelen quedarse mucho tiempo, lo suficiente para que interiorices un mensaje que hará que mires el mundo con otros ojos. Los define como “el nuevo escalafón de la amistad, esas personas que no son ni amantes ni amigos, esa gente que se cruza en tu vida y que con una sola conversación puede llegar a cambiártela”. No puedo estar más de acuerdo con él, desde luego que existen muchos “amarillos” en nuestras vidas y gracias a ellos logramos crecer, ser más fuertes y avanzar cuando nos hemos quedado parados y no sabemos cómo seguir.

Algunas veces ni siquiera eres consciente de que un desconocido con el que solo has compartido unos segundos haya podido modificar algo en ti, pero ocurre. Otras veces, ese “amarillo” es alguien que te presentan –o que se te presenta solo– y enseguida sientes que esa persona desprende algo especial, no hablo de un flechazo –que también–, me refiero a esa “energía” o “buen rollo” que te transmite en cuestión de segundos. Un simple gesto, una frase o incluso una mirada son suficientes para que se cree una conexión extraña entre los dos. Es en ese mismo instante cuando comprendes que algo te ha unido irremediablemente a ella para siempre, por mucho que pase el tiempo y lo que ocurra o no entre los dos.

Este tipo de “amarillos”, o como cada uno quiera llamarlos, son necesarios, al menos para mí, y sin ellos todo sería diferente, posiblemente, mucho peor. Me refiero a gente con un carisma tan arrollador que te atrapa aunque no quieras, gente que no necesita ser ni la más guapa, ni la más alta, ni la mejor vestida, ni la más lista, ni la más en nada, para ser el alma de un grupo y destacar por encima del resto, a veces incluso sin darse cuenta de ello. Hablo de esos a los que hay que querer por cojones narices, porque se hacen querer, esos a los que hasta a sus defectos les sacan partido, dándole una vuelta al concepto y haciendo que sean un plus, esos que logran que todos quieran estar a su lado. Gente que derrocha alegría y ganas de vivir, que disfruta con cada cosa que hace y consigue que disfrutes tú también.

En ocasiones, esas personas te enseñan que vivir es otra cosa, y cuando esto sucede, ya no hay marcha atrás, es como si hubieran quitado la anilla de una granada, tu granada, solo es cuestión de tiempo que todo explote y tengas que empezar a construir el mundo de nuevo, tu mundo, pintándolo del color que más te guste.

El dueño de la foto, es uno de esos “amarillos”, creo que no solo en mi vida, sino en la de muchos más,  pero seguramente no lo sepa. Hace tiempo me envió esta imagen que aunque a primera vista me pareció que no le pegaba nada,  si te detienes un segundo te das cuenta que, en el fondo, lo define a la perfección: desprende muchas sensaciones y todas ellas te dejan un recuerdo agradable. Como buen “amarillo” no se quedó mucho tiempo cerca, pero dejó huella. Creo que nunca le di las gracias porque, aunque fue sin querer, a mí me ayudó a tirar de esa anilla y desde entonces, ya nada volvió a ser igual.

Everything that kills me makes me feel alive

El poder de la luz verde

“Brillas tras las imágenes del sueño

alumbrando los pasos de quien duerme soñándote”

(Brillas. Piedra Rota. José Ramón Ripoll)

 

Ayer, tomando unas cañas, entre confesiones y risas, hablaba con una amiga sobre la dependencia que nos creamos –porque nos la creamos nosotros mismos– de estar constantemente atentos al móvil. Miramos ansiosos si parpadea una luz verde o no en medio de la oscuridad de la pantalla apagada. Un destello que guarda mucho más que noticias de algún emisor, esconde ilusión o decepción, alegría o angustia, incluso autoestima. Muchas veces nuestro estado de ánimo tiene mucho que ver con que luzca o no una pequeña bombillita, algo que a pesar de ser del todo absurdo, tristemente es real. “En el momento que llegas a ese punto, estás perdido”, decía mi amiga.

La luz verde es la clave de todo, la llave con la que se abren todas las puertas. La luz verde de los semáforos te da vía libre para pasar, una luz verde te indica que están libres los baños, los probadores, las salas de revelado, incluso los confesionarios. Cuando te dicen que tienes luz verde es que tienes permiso absoluto para hacer lo que deseas, ya sea para llevar a cabo un proyecto, para tomar una decisión o para lanzarte a la piscina sin pensar si estará o no llena.

FOTO GATSBY

Pensando en ello, recordé otro tipo de luz verde, la que describió F. Scott Fitzgerald en El gran Gatsby. Aquella que creía tocar con la punta de los dedos desde la lejanía. Esa luz contenía su esperanza, sus sueños, sus anhelos, lo que verdaderamente importaba. Y resulta que noventa años después de la publicación de ese libro, seguimos haciendo lo mismo, esperando un rayo de luz. Ahora es más pequeña, pero igual de intensa, un resplandor que indica que alguien te recuerda, te espera, que hasta podría llegar a quererte. Esa luz que anuncia buenas o malas noticias.

En el fondo estamos rodeados de luces verdes y todas ellas no son más que una llamada de atención, un “estoy aquí”. Como las de los pescadores a la orilla que veía cuando era pequeña las noches de verano en la playa. Una hilera de pequeños puntos que observados desde la lejanía parecían luciérnagas alineadas. O la de la cruz de las farmacias, que son como un oasis en el desierto, y nos solucionan la vida en mitad de la desesperación por aliviar nuestro malestar. O las de los aviones, que indican que puedes quitarte el cinturón, que no hay peligro, que estás “a salvo”.

Todas estas luces verdes tienen un poder especial, aunque no nos demos cuenta. Al igual que Gatsby cuando estiraba su brazo sentía que estaba acariciando el rostro de su gran amor, a nosotros esa luz verde a veces nos hace imaginar que estamos en cualquier otra parte y con solo cerrar los ojos también llegamos a abrazar a los que están al otro lado del lago o del teléfono.

 

Abrazos

“Acuérdame de ti, que yo te acordaré de mí”

(Aquí yacen dragones. Fernando León de Aranoa)

Hace un par de años vi esta fotografía en alguna página de Internet y aunque sea una de esas imágenes típicas que se utilizan para las tarjetas con mensaje, a mí me pareció preciosa.

Podría reflejar un encuentro o una despedida -yo opto por lo segundo-, pero tiene tantas interpretaciones como matices. Que dos niños transmitan sentimientos tan “adultos” contrasta con el tamaño de sus menudos cuerpos. Supongo que es precisamente eso lo que hizo que me gustara tanto y lo que hace que pase, de vez en cuando, largos ratos observándola y descubriendo significados nuevos.

Hay abrazos que no necesitan palabras que los acompañen porque ya son en sí mismos un mensaje que solo el otro cuerpo sabrá descifrar. Abrazos que consuelan, abrazos que comparten tu dolor o tu alegría, abrazos que protegen, abrazos que derrochan amor, abrazos fríos, abrazos exagerados, abrazos contenidos, abrazos rotos… ¿De qué tipo es este? Abajo dejo el “reflejo de mi mirada”.

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Unos brazos que sujetan con fuerza, con toda la fuerza que puede tener un cuerpo tan pequeñito.

Una mirada perdida quién sabe dónde, pero lejos, muy lejos, en un lugar en el que están así, sin más, solo están, los dos.

Un cuerpo que se deja querer, resignado, incluso impasible, que da la espalda a la verdad.

Una flor que pronto estará marchita y seca, aunque hoy luzca fresca y radiante.

Un pensamiento que inunda el ambiente: no puedo perderte, no quiero perderte, que se pare el tiempo en este instante.

De ahí la foto, el momento será ya para siempre.

DESEOS DE COSAS IMPOSIBLES

“No quiero necesitarte porque no puedo tenerte” (Los puentes de Madison)

Hace veinte años que estrenaron esta película de Clint Eastwood y Meryl Streep, yo era una niña, pero recuerdo perfectamente los comentarios de mi madre y sus amigas cuando salieron del cine: todas querían ser la protagonista y vivir una historia así. Aquella tarde no entendí a qué se referían exactamente, ni siquiera conocía el argumento, hasta que hace un par de años la vi por primera vez y lo comprendí todo.

Esta semana, escuchando música en casa, descubrí esta canción que no había oído nunca de Vanesa Martín y vino a mi cabeza automáticamente la escena con frase que abre esta entrada.

Los amores prohibidos, las relaciones que no pueden ser, la lucha interna entre lo que nos dice la razón y lo que quiere el corazón, el miedo a elegir cuando aparece ante ti algo que hace temblar tu tranquilidad, el soplo de aire fresco que te hace sentir vivo, las consecuencias de las decisiones, el temor a perder…

En la película parece todo muy sencillo, sobre todo después de ver lo que Robert Kincaid (Eastwood) hace sentir a Francesca (Meryl) en tan solo cuatro días. A nadie se le pasaría por la cabeza no dejarse llevar y perderse una historia como esa. Pero está claro que a pesar de lo bonito del romance que nos muestran, la realidad es otra muy diferente y no es tan fácil elegir, porque decidas lo que decidas es bastante posible que termines arrepintiéndote en algún momento. ¿Escogió la mejor opción Francesca al final? ¿Qué hubieras hecho tú en su lugar? ¿Razón o corazón? Difícil elección.

Entre los recuerdos de esas escenas de Los puentes de Madison y la letra que sonaba de fondo imaginé este breve momento de una historia de “deseos de cosas imposibles” (como cantaba La Oreja de Van Gogh):

Sentirte aún en mis labios

que siguen doloridos

por aquel arrebato de pasión.

Un beso esperado, deseado,

que se estaba retrasando

más de la cuenta.

Querer que se pare el tiempo,

aislarnos en una burbuja

en la que seamos libres.

Dejarnos querer porque sí,

sin más razón que la que

nos dan nuestros cuerpos.

Olvidar quienes somos,

perdernos en esas miradas

que se han dicho todo.

Disfrutar de esa magia,

soñar con los ojos abiertos

y, simplemente, sentir.