Sueños desteñidos

“El trabajo transforma el talento en genio”. Anna Pavlova.

A cada vuelta del tambor de la lavadora sonaba un nuevo gemido al que acompañaba una lágrima. Cayeron tantas como las veces que había pensado en rendirse y volver a su vida anterior. Los madrugones para adelantar trabajo antes de ir a la oficina, las tardes de sol encerrada en casa con el ordenador y una pila de libros, las noches solitarias lejos de su hogar…

Todo eso ya no pesaba, lo había conseguido. Sonrió levemente y siguió dándose pellizcos en el brazo para comprobar que no estaba soñando mientras veía sus calcetines rojos de la suerte girar destiñendo el resto de la colada.

Curiosa, distinta, serena, exquisita.

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El resbalón

“Se necesitan dos para que haya un accidente” F. Scott Fitzgerald

Procuraba no perder sujetándole las nalgas, pero estaba resbaladiza. Acababa de echarse el aceite corporal justo antes de que él entrara sigilosamente en la ducha. Le encantaba sorprenderla en mitad de la nube de vapor que se formaba en el baño cuando había tenido un día duro. María subía dos o tres grados la temperatura del agua, era la mejor forma de diluir los problemas, sobre todo cuando Juan caldeaba el ambiente aún más. Una lástima que esa noche ambos terminaran en el hospital. Juan había perdido. Perdió el equilibrio y la memoria, María los dientes.

RADIOGRAFÍA DE UN AMOR FUGAZ

Cuando a uno le cuentan una historia, lee una novela o ve una película siempre tiende a identificarse de algún modo con el protagonista. Otras veces, es nuestra mente la que imagina esos relatos que no son del todo reales pero que tampoco son del todo mentira, nuestros propios largometrajes. Añadimos, quitamos, cogemos un poco de aquí y otro poco de allá, y nos construimos una vida paralela en la que cualquier cosa es posible. La mayoría de las veces la realidad nos viene dada y poco podemos hacer por cambiarla, pero esta otra, la que soñamos despiertos, esa es solo nuestra y nadie puede quitárnosla.

Personajes que existen, inventados, mejorados, híbridos… Anécdotas que escuchas, que recuerdas, que creas… Y al final, el lector, que con su propia interpretación rehace el cuento a su manera. Justo ahí, reside la magia.

Radiografía de un amor fugaz

Una frase, un brazo que sujeta, no te vayas, espera… Algo pasó.

Una mirada, una sonrisa a través de una ventana mientras habla por el móvil, otra frase, más sonrisas, más frases, más sonrisas, nervios. ¿Qué ocurre? Algo está pasando. Un paseo, una parada, un paso para atrás, un brazo que rodea. ¿Qué pase o qué no pase? Un beso, otro beso, una mirada, otro paseo, manos entrelazadas (así es más bonito), silencio cómodo, muy cómodo, unas manos en la cintura, suaves, muy suaves, otro beso, lento, muy lento. Más besos, más sonrisas, una coca cola a medias, una foto, otro beso y otro más. Una plaza, más besos, un número de teléfono, otro beso, una despedida (dime que me quede, no me dejes ir), una última mirada antes de subir, ahí está quieto, no se ha ido (llámame que me bajo). Una noche sin dormir o ¿fue un sueño? Una tarde llena de sonrisas (también de esperanza).

Va y viene, va y viene, igual que las olas. Ahora llega a mis pies, me toca, la siguiente es más pequeña, la veo pero no se acerca. Es así, siempre ha sido así, siempre será así.

Piernas que tiemblan durante media hora en un autobús, diez minutos más. ¿Sigue ahí? Un paseo, más tranquila, me está meciendo, palabras que salen solas, muchas palabras, sonrisas, más palabras para no sentirme pequeña, no te escondas ahora, aguanta un poquito más. Despedida rápida, un beso fugaz de regalo. Escaleras. Sigue ahí, claro que sigue ahí. Deseando verte mañana (¿por mí o por lo que pasará?).

Manos heladas, nervios, verborrea incontrolable. Alcohol, relájate, una pulsera, una mano que me calma, confesiones, desnudez del alma, miradas sin respuestas. Besos, prólogo de besos. Un cuello, un escalofrío, otro escalofrío. No hace falta más. Otro paseo, manos entrelazadas sin querer. Tacones que hacen ruido, me descalzo (quiero ser camino para tus pasos…). Besos que buscan más besos, caricias, ropa que cae, estoy aquí, ¿estoy aquí? ¿Por ser quien soy o por lo que está pasando? Puede que sea todo mentira, pero estoy aquí. Desnudez de cuerpo y alma. Desarmada por completo. Infinitas sensaciones. Brusco y suave. Respiraciones acompasadas. Su cara en mi corazón, mis dedos en su pelo. Ojos cerrados, duerme, no puedo dejar de mirar, que se pare el tiempo, por favor, que se pare el tiempo. Con el amanecer, vuelta a la realidad.

¿Sigue ahí? Parece que no tiene pensado marcharse.

Va y viene. Vuela solo y vuela alto, muy alto, tanto que no lo veo. Pero lo vi, sé que lo vi, como un oasis en mitad del desierto.

¿Estarás? Estaré. Te has perdido. Te has perdido en otros ojos. Lo sé. Lo sé pero aun así necesito verte una vez más, solo una vez más. Soy yo y no soy yo. Me he perdido, me he perdido y no me importa. Me he perdido y no sé volver, pero no me importa. Siento el aire en la cara y es todo lo que necesito. Amaneció, otra vez la realidad.

Lo intenté. Lo intenté y perdí. ¿Ni siquiera me acerqué? No lo sé. ¿Fue todo mentira? ¿Quizá verdad a medias? ¿Es por cómo soy? ¿Es por lo que no soy? Qué más da. No es, no será. Demasiado alto. Libre como el viento, como el mar, como mis sueños. Un soplo de aire fresco. ¿Aún sigue ahí? Sí, pero es hora de dejarlo marchar. Ha amanecido

TODO CABE EN LO BREVE

“La brevedad es el alma del ingenio” William Shakespeare

Casi todo lo breve suele tener un encanto especial, solo hay que saber descifrarlo. Nos gusta la gente que es directa, que va al grano, los mensajes cortos, los 140 caracteres… Incluso las historias de amor de las películas que más huella nos dejan son así, breves. También a mí, a veces, me gusta resumir, por eso hoy dejo tres microrrelatos.

Pero ya nada sería igual. Esa cama había dejado de ser su cama, incluso las calles le resultaban casi desconocidas cuando paseaba por ellas de nuevo. Únicamente se reconocía en aquella plaza llena de taxis donde empezó todo y en la que se habían besado por última vez.

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Nadie había vuelto a mirarle de ese modo. Le ponía nervioso aquella mirada que le tranquilizaba y le excitaba a partes iguales, su forma de hablar tan calmada, su seguridad al caminar y la humildad con la que restaba importancia a sus éxitos. Le encantaba recordar la cara de sorpresa que puso ante la primera negativa y la que se le quedó tras el primer beso. Pero lo mejor de todo era que no lo había soñado.

En realidad esto del amor no tenía ninguna lógica, pensó mirando el féretro desde el cristal del tanatorio con una leve sonrisa. Cincuenta años juntos y acababa de darse cuenta de que estaba enamorada de él.