Bienvenido a este mundo loco

“Nunca creí lo que me dijo esa mujer, 
que ibas a ser algo tan grande aquí en mi ser. 
Y mira el tiempo con sus pasos me cambió. 
Te trajo a mí y ahora soy feliz”

Nada mejor. Rosario Flores

Marta Soba 20151020_192932

Abre un ojo, vuelve a cerrarlo, se lo frota con el puño y hace un amago de puchero que se disipa en el mismo instante en el que escucha la voz de su madre “¿te has despertado ya, mi amor?”. No hace falta más. Ya vuelve a sentirse seguro, fuera de todo peligro.

Se espabila un poco más y me decido a cogerle. Estoy deseando darle quinientos besos y mil “achuchones”. Aunque su genio no siempre lo permite. Unas cosquillas, unas pedorretas en el cuello, algún lanzamiento al aire y sus carcajadas hacen que te olvides de todo, de los problemas, del mundo e incluso de ti misma. Es el poder que tienen “esos locos bajitos”, que quitan las penas sin darse cuenta.

Mi Nicolás es el resultado de una historia de las que me gustan, de las que empiezan como sin querer, pero queriendo -y mucho- aunque uno no se entere al principio. Y es que como dice la canción “cuando el amor llega así de esta manera, uno no se da ni cuenta”.

Un niño, porque los niños son de las madres, no podía ser de otra manera. Un niño que es igualito a su padre pero que saca a relucir el carácter de su madre haciendo lo que quiere. Un niño que será del Barcelona -aunque cada vez que le pongan el traje de su equipo este pierda-, escuchará a Sabina y cuando sea mayor tomará chupitos de Jager para brindar con los amigos, que serán muchos, porque lo lleva en los genes de papá.

Un niño que llegará tarde alegando siempre alguna excusa de peso -o eso creerá él- y nadie se lo tendrá en cuenta porque ya estarán acostumbrados. Un niño que se ganará a la gente por esa mezcla de ingenuidad que habrá heredado de su madre y que no puede transmitir más ternura. También será valiente para afrontar los problemas y sabrá reírse de ellos, hasta de los más duros, porque aprenderá que no hay mal que cien años dure y que después de un revés viene algo muy bueno para compensar.

Será como quiera ser, será lo que quiera ser, pero lo que no me cabe ninguna duda es que será feliz, siempre. Ya lo es.

No soy madre, pero creo que la mirada de esta foto refleja  lo que es tener entre tus brazos una parte de ti. Una alegría inmensa, que se siente en una capa de la piel que no sabías que existía, admiración y AMOR, así, en mayúsculas. Se activa una forma de querer diferente a cualquiera que hubieras experimentado antes. Su cara lo dice todo, no necesita nada más. Si alguien me pregunta qué es la felicidad, contesto que esa imagen. No puede ser más bonita ni trasmitir más.

Llevo diez meses de retraso, pero nunca es tarde para decir: bienvenido, Nicolás, a este mundo loco, que te hará llorar muchas más veces de lo que quisieras, pero que las risas siempre podrán más y harán que la balanza se quede en el lado bueno de las cosas.

Te caerás, pero podrás levantarte, unas veces solo, otras con ayuda de alguna mano. No te preocupes eso no te hará más débil, solo te hará crecer y seguir. No te rindas nunca, con esfuerzo podrás conseguir lo que te propongas. Vive, sueña, ama y no pierdas la sonrisa. Bienvenido a tu vida, que es parte de la nuestra.

“A menudo los hijos se nos parecen,
así nos dan la primera satisfacción”

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Cruce de caminos

“Éramos la versión liberada de nosotros mismos”

Estoy mucho mejor. David Foenkinos

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Ante la inmensidad del mar y un cielo al atardecer que se enciende en la lejanía, allí donde se une con la sal, se juntan unas manos y encierran un pedacito de esa grandeza. 

Es curioso, aísla las aguas en calma, tranquilas, casi inmóviles, y las protege dentro del corazón. Tan libre, tan caótico, tan fugaz y, sin embargo, guarda la calma en lugar de la tempestad.

Es extraño, desconcertante, tan ardiente como el sol antes de esconderse y a la vez tan frío como el azul de las olas al anochecer.

Una imagen llena de contrastes, como él, por eso gustan.

Albert Espinosa describía en uno de sus libros a personas que pasan por nuestras vidas durante un determinado momento para dejar algo de ellos en nosotros mismos, los denominaba sus “amarillos”. No suelen quedarse mucho tiempo, lo suficiente para que interiorices un mensaje que hará que mires el mundo con otros ojos. Los define como “el nuevo escalafón de la amistad, esas personas que no son ni amantes ni amigos, esa gente que se cruza en tu vida y que con una sola conversación puede llegar a cambiártela”. No puedo estar más de acuerdo con él, desde luego que existen muchos “amarillos” en nuestras vidas y gracias a ellos logramos crecer, ser más fuertes y avanzar cuando nos hemos quedado parados y no sabemos cómo seguir.

Algunas veces ni siquiera eres consciente de que un desconocido con el que solo has compartido unos segundos haya podido modificar algo en ti, pero ocurre. Otras veces, ese “amarillo” es alguien que te presentan –o que se te presenta solo– y enseguida sientes que esa persona desprende algo especial, no hablo de un flechazo –que también–, me refiero a esa “energía” o “buen rollo” que te transmite en cuestión de segundos. Un simple gesto, una frase o incluso una mirada son suficientes para que se cree una conexión extraña entre los dos. Es en ese mismo instante cuando comprendes que algo te ha unido irremediablemente a ella para siempre, por mucho que pase el tiempo y lo que ocurra o no entre los dos.

Este tipo de “amarillos”, o como cada uno quiera llamarlos, son necesarios, al menos para mí, y sin ellos todo sería diferente, posiblemente, mucho peor. Me refiero a gente con un carisma tan arrollador que te atrapa aunque no quieras, gente que no necesita ser ni la más guapa, ni la más alta, ni la mejor vestida, ni la más lista, ni la más en nada, para ser el alma de un grupo y destacar por encima del resto, a veces incluso sin darse cuenta de ello. Hablo de esos a los que hay que querer por cojones narices, porque se hacen querer, esos a los que hasta a sus defectos les sacan partido, dándole una vuelta al concepto y haciendo que sean un plus, esos que logran que todos quieran estar a su lado. Gente que derrocha alegría y ganas de vivir, que disfruta con cada cosa que hace y consigue que disfrutes tú también.

En ocasiones, esas personas te enseñan que vivir es otra cosa, y cuando esto sucede, ya no hay marcha atrás, es como si hubieran quitado la anilla de una granada, tu granada, solo es cuestión de tiempo que todo explote y tengas que empezar a construir el mundo de nuevo, tu mundo, pintándolo del color que más te guste.

El dueño de la foto, es uno de esos “amarillos”, creo que no solo en mi vida, sino en la de muchos más,  pero seguramente no lo sepa. Hace tiempo me envió esta imagen que aunque a primera vista me pareció que no le pegaba nada,  si te detienes un segundo te das cuenta que, en el fondo, lo define a la perfección: desprende muchas sensaciones y todas ellas te dejan un recuerdo agradable. Como buen “amarillo” no se quedó mucho tiempo cerca, pero dejó huella. Creo que nunca le di las gracias porque, aunque fue sin querer, a mí me ayudó a tirar de esa anilla y desde entonces, ya nada volvió a ser igual.

Everything that kills me makes me feel alive

Abrazos

“Acuérdame de ti, que yo te acordaré de mí”

(Aquí yacen dragones. Fernando León de Aranoa)

Hace un par de años vi esta fotografía en alguna página de Internet y aunque sea una de esas imágenes típicas que se utilizan para las tarjetas con mensaje, a mí me pareció preciosa.

Podría reflejar un encuentro o una despedida -yo opto por lo segundo-, pero tiene tantas interpretaciones como matices. Que dos niños transmitan sentimientos tan “adultos” contrasta con el tamaño de sus menudos cuerpos. Supongo que es precisamente eso lo que hizo que me gustara tanto y lo que hace que pase, de vez en cuando, largos ratos observándola y descubriendo significados nuevos.

Hay abrazos que no necesitan palabras que los acompañen porque ya son en sí mismos un mensaje que solo el otro cuerpo sabrá descifrar. Abrazos que consuelan, abrazos que comparten tu dolor o tu alegría, abrazos que protegen, abrazos que derrochan amor, abrazos fríos, abrazos exagerados, abrazos contenidos, abrazos rotos… ¿De qué tipo es este? Abajo dejo el “reflejo de mi mirada”.

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Unos brazos que sujetan con fuerza, con toda la fuerza que puede tener un cuerpo tan pequeñito.

Una mirada perdida quién sabe dónde, pero lejos, muy lejos, en un lugar en el que están así, sin más, solo están, los dos.

Un cuerpo que se deja querer, resignado, incluso impasible, que da la espalda a la verdad.

Una flor que pronto estará marchita y seca, aunque hoy luzca fresca y radiante.

Un pensamiento que inunda el ambiente: no puedo perderte, no quiero perderte, que se pare el tiempo en este instante.

De ahí la foto, el momento será ya para siempre.

CREPÚSCULO

“La libertad existe tan solo en la tierra de los sueños” J.C. Friedrich

La primera vez que escribí algo sobre una imagen fue con esta fotografía. Una exposición en el instituto y un concurso que llevaba por nombre “De la imagen a la palabra”. Había que elegir una, asociarle una frase de una lista y hacer un texto. No sé si esta era la más bonita de todas, seguramente no, pero siempre me gustaron las nubes. Quizás hoy hubiese escogido otra para acompañarla con unas cuantas palabras, pero me quedé fascinada con esta, así que cuando llegué a casa abrí el cuaderno y mi mano no pudo parar. Supongo que “salió ardiendo de dentro” como decía Bukowski.

Al día siguiente le entregué el folio a la profesora de lenguaje sin contárselo a nadie y unas semanas más tarde ella misma me dijo que mi “poema” había resultado ganador y que tendría que leerlo el día de la graduación. Continué sin decirle nada ni a mis amigos ni a mi familia, siempre me había dado una vergüenza terrible que otra persona leyera “mis pequeñas cosas”. Así que el día de la graduación, cuando dijeron que se iba a dar el premio a una poesía, todo el mundo puso los ojos en una amiga mía que escribía desde hacía tiempo, muy bien además,  por lo que fue una sorpresa para mucha gente, incluidos mis padres, que dijeran mi nombre. No fui capaz de leerla, lo hizo una compañera por mí. Me regalaron la fotografía y una antología de Juan Ramón Jiménez.

Aquel día no sabía que años más tarde iría dejando un poco de lado los miedos, que sería capaz de hablar en público, de dejar que otros lean lo que escribo, de aceptar las críticas y los halagos, unos para mejorar y otros para seguir haciendo algo que me hace sentir a gusto, me tranquiliza y me divierte. Por todo, ello esta imagen y estas palabras son y serán siempre muy especiales para mí. Espero que os guste.

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CREPÚSCULO

Siento que puedo volar

Que puedo alejarme por momentos de aquí

Cierro los ojos, suspiro y…

Vuelo, vuelo, vuelo…

Camino por las nubes

Nubes ardientes,

Nubes quemadas por mi dolor,

Nubes que unen el mar y el cielo

Camino deprisa

Me he quedado sin aliento

De pronto, sensaciones perdidas

Anhelos rotos, ilusiones dormidas

Confusión, angustia

Abro los ojos

Respiro…

Todo sigue ahí,

Tranquilo y caótico a la vez

Seguro y confuso consigo mismo

Llorando y sonriendo al mismo tiempo

Todo está quieto.

Soy yo la que se mueve

Camino, camino hacia un destino incierto

Hacia un destino aún sombrío

Hacia la felicidad o el sufrimiento

Camino hacia el final del sendero

TODO PASA

“A veces el mundo parece complicado, un puzzle que no entiendes hasta que aparece la pieza definitiva Albert Espinosa (Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven)

Hay imágenes que provocan algo en nuestro interior que nos remueve por dentro, otras nos sugieren cosas o nos recuerdan momentos vividos por nosotros mismos o por gente que conocemos. Las fotografías tienen la capacidad de producirnos sentimientos de todo tipo, algunas nos serenan, otras nos entristecen, nos angustian, nos divierten, nos fascinan por su belleza o nos sobrecogen por lo que vemos en ellas.

Hace unos meses una amiga plasmó este instante con su cámara. Se lo pedí prestado para escribir algo sobre ella y este fue el resultado. Anoche escuché esta canción de Sixto Rodríguez y me pareció que quedaría perfecta como banda sonora de la imagen.

Ventana

Fotografía de Lidia Sanz Fraile

                                                     

La puerta se ha cerrado.

Y ahí, tras mi ventana particular,

observo esta escena cargada de sentimientos

que reposan en silencio.

La tormenta va desapareciendo, 

dando paso a un cielo

que irradia un brillo especial.

Comienza a colorearse el ambiente

con un tímido arcoíris

que poco a poco atravesará mi corazón.

Te digo adiós con pena,

pero la tranquilidad de la imagen,

me serena, me calma.

Todo pasa.