Despedidas

“Este adiós no maquilla un hasta luego,

este nunca no esconde un ojalá,

esta ceniza no juega con fuego,

este ciego no mira para atrás”

Nos sobran los motivos. Joaquín Sabina

 

Cuando uno ve que se acerca el final, ya sea de una etapa, del año o de su vida, siente la necesidad de despedirse de alguna manera de aquellos seres más queridos, de los que en algún momento lo fueron y ya no lo son, de lugares o de momentos. A veces, incluso tenemos la necesidad de despedirnos de nosotros mismos para poder encontrarnos.

Hace tiempo leí un libro de Rosa Montero titulado “La ridícula idea de no volver a verte” en el que hablaba sobre la pérdida de su pareja tras una larga enfermedad comparándola con el repentino fallecimiento del marido de Marie Curie, que se marchó por la mañana a trabajar y murió en el acto en un accidente con un coche de caballos.

Con esta novela uno reflexiona si preferiría tener la oportunidad de despedirse y de alguna forma “quedarse en paz” a pesar de ver sufrir a un ser querido en sus últimos días, o que se marche sin esperarlo y sin haber podido siquiera decirle adiós. Nunca consigo llegar a una conclusión que me convenza, me debato entre una opción y otra con el deseo de no tener que pasar de nuevo por ninguna de ellas.

He visto como se apagaban lentamente las luces de gente que no conocía y de gente a la que quería mucho, muchísimo, y aunque en ese momento hubiera dado lo que fuera por evitarles la decadencia a la que te lleva el dolor, es cierto que el poder despedirte te ofrece una leve sensación de tranquilidad y de calma.

También he sido testigo de muertes en las que nadie ha podido siquiera dar un último abrazo, sentir una última caricia o decir un último “te quiero”, y resulta desgarrador. De una forma o de otra, las lágrimas y la pena no te las quita nadie, las pérdidas son terribles sean anunciadas o te pillen por sorpresa. Y si además son en estas fechas, parece que duelen mucho más.

El miedo a no despertar tras una operación o a coger un avión y que no aterrice puede hacer que nos despidamos muchas veces aunque no seamos conscientes de que lo estamos haciendo. Una cena con amigos, un mensaje que se había quedado en espera desde hacía mucho tiempo, un apretón de manos o una declaración de amor son, quizá, pequeños gestos que nos ayudan a dejar todo dicho “por si acaso”.

Y es que las despedidas, aunque no sean definitivas, siempre llevan una “rotura” implícita. Bien por la distancia, por el punto y final a algo en común –un proyecto, un amor, una vida- o por el vacío que queda cuando uno se va, algo nos cambia por dentro.

Cuando termina el año también tenemos esa necesidad de despedirnos de todos aquellos que nos rodean, la familia, los amigos, los compañeros de trabajo… Lo hacemos con el envío de postales de Navidad –aunque esta tradición se esté perdiendo-, de los mails más formales o incluso de la avalancha de whatsapp en forma de vídeos, gifs, fotos o canciones.

Llamamos a los que están más lejos para hacerles llegar nuestros mejores deseos, para decirles –sin decirlo- que son especiales para nosotros, que son importantes en nuestra vida, que nos gustaría tenerles cerca, que les queremos. También están las llamadas por compromiso, pero esas son otra historia.

Despedimos el año escribiendo nuestros propósitos para el año que empieza tras hacer el balance de todo lo que hemos logrado, de lo que nos ha faltado en el año que acaba y de todos esos sueños que nos quedan por cumplir. Nos prometemos que nos esforzaremos por conseguirlos, que sonreiremos al 2017 para ver si, por fin,  es “nuestro año” -aunque de eso solo nos damos cuenta cuando ha pasado el tiempo y descubres que ese año que pasó sin pena ni gloria te dio muchas más alegrías de lo que creías-.

En definitiva, aunque a nadie le gusten las despedidas, la vida está llena de ellas y a pesar de que algunas nos dejan cicatrices que no se borrarán nunca, otras se convierten después en reencuentros. Y no hay nada mejor que el abrazo de un reencuentro. ¡Feliz Navidad!

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Volver

“Vaya uno a imaginar en dónde y cuándo el tiempo se hará polvo en la espesura”

Mentiras Piadosas. Mario Benedetti

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Me olvidé de lo importante, podría echar la culpa a la falta de tiempo -realmente carecía de él- pero uno siempre sabe que en el fondo eso no sería más que una forma de echar balones fuera y no asumir su responsabilidad.

Ser adulto no es fácil -quién dijo que lo fuera-, implica tomar decisiones, asumir las consecuencias y seguir viviendo aunque haya días en los que cueste un triunfo levantarse de la cama, salir a la calle y exponerse a una marea en la que no siempre es sencillo nadar. A veces simplemente nos mantenemos a flote esperando que llegue algún bote salvavidas y nos rescate -del temporal o de nosotros mismos, no estoy muy segura- y otras, nos rendimos y nuestro cuerpo comienza a hundirse bajo el agua dejándonos sin respiración.

Cuando el aire te falta en exceso tienes dos opciones, seguir bajando o guardar la calma y empezar a mover piernas y brazos en busca de la superficie. El susto en la cara, un poco de tos y ese sabor a sal en la boca por el trago que has pegado mientras luchabas por salir a flote son las consecuencias menores, por dentro, aunque aún no lo sepas, eres un poquito más fuerte.

Nada dura para siempre, ni siquiera los problemas, o eso dicen. Así que solo hay que tener paciencia y saber esperar sin desesperar en el intento. Todo vuelve a su lugar cuando menos te lo esperas, es cuestión de relativizarlo todo y dar a las cosas la importancia que se merecen, ni más ni menos. La teoría es tan simple que da risa, ¿verdad?, otro cantar es ponerlo en práctica.

Perderse y volver a encontrarse, en eso consiste crecer. Sentir, sentir muchas cosas, buenas y malas, todo ayuda, porque sufrir es parte también de ese crecimiento, aunque duela. Es como ese refrán que dice “lo que no te mata, te hace más fuerte”, y así es la vida, un montón de pruebas que te debaten entre la alegría, el hastío, la indiferencia o la pena. Saber encontrar el equilibrio entre todo eso es el secreto para ser feliz.

Una buena película, una serie, un libro, un paseo, una comida entre risas, una tarde de confidencias, un mensaje inesperado, un abrazo en el momento adecuado, incluso un masaje en los pies, hay muchas pequeñas cosas que pueden tirar de nosotros cuando nos falta el aire.

Y esto iba de “Mi mundo y las pequeñas cosas” y lo olvidé, lo abandoné en un rincón de mi cabeza, donde se han escrito muchos relatos durante todos estos meses y se han perdido entre el estrés, el trabajo, el no llegar a todo, el agobio por no tener tiempo y la autoexigencia.

Quise escribir sobre un perro llamado Tequiero, sobre la anciana que empujaba cada mañana un carrito de flores desteñido y esperaba en la esquina a que abrieran el supermercado, sobre la bolsa dorada que reposaba al lado de un colchón viejo y mugriento cubierto por mantas roídas, sobre el pequeño Spiderman que creía volar subido en un patinete, sobre la señora que me habló orgullosa de sus nietos olvidando mientras que el dolor y la enfermedad le comían por dentro, o sobre el joven negro que vende abanicos y pañuelos a la entrada del metro y no es consciente de que es la primera persona a la que le damos los buenos días muchos de los que pasamos por allí.

También quise escribir sobre las chimeneas, sobre los paseos a caballo, sobre los domingos remoloneando en la cama, sobre la sonrisa permanente, sobre cenas perfectas de dos huevos fritos y una hogaza de pan de pueblo, sobre la confianza y sobre las despedidas.

Quise muchas cosas pero no tuve tiempo de hacerlas porque me tocó priorizar y dejé cosas importantes para otro momento y todos sabemos que esos momentos se pierden y no se recuperan. Pero también sabemos que nunca es tarde para volver, aunque algo haya cambiado, todos lo hacemos.

Pensaba terminar con la canción de Carlos Gardel, Volver, pero mejor me despido con esta canción que aunque se ha puesto de moda ahora en una versión más rápida, yo prefiero su versión original, más lenta, más suave, como un susurro. He vuelto.

“There’s a place I go to
Where no one knows me
It’s not lonely
It’s a necessary thing”

 

 

 

 

 

Y, por fin, septiembre

“Las personas tienen que soñar, si no las cosas simplemente no suceden”. Óscar Niemeyer.

Hace un año ya conté que este mes es uno de mis favoritos, pero tras el calor infernal que hemos padecido este verano, estaba siendo aún más deseada su llegada. He tenido un poco abandonado mi rincón, pero el día tiene menos horas de las que yo quisiera y en mi agenda más cosas que hacer de las que soy capaz de asumir, así que como hay que priorizar, Reflejos de mi mirada ha tenido que esperar hasta ahora.

Septiembre es el mes de los recuentros tras la vuelta de las vacaciones -si has tenido la suerte de tenerlas-, el mes de disfrutar de las terrazas apurando las últimas tardes en las que aún es de día, de descubrir los restaurantes nuevos y volver a tus favoritos, de ver ropa diferente en las tiendas, de elegir conciertos a los que ir cuando nos invada el frío, de hacer planes rurales para los fines de semana otoñales. Es el mes de la uva, de las fiestas de mi ciudad y de mi pueblo, es el volver a empezar, los bolígrafos de colores, los cuadernos bonitos, las agendas especiales, el cambio de look para recibir a la nueva estación. Es la ilusión por los proyectos nuevos, la alegría de seguir con los que había y las ganas por otros futuros.

Septiembre es un paseo al atardecer caminando entre las primeras hojas que se caen, una mirada intensa al brindar con una copa de vino, es una noche de jazz en buena compañía, una comida con la que deleitarse en cada bocado y que es pura poesía, no solo en palabras del cocinero mientras te describe los platos, sino también en tu paladar. Es un domingo de manta, sofá y película, con palomitas o sin ellas, pero contigo.

Septiembre es el aniversario de este cajón en el que guardo las palabras que necesitan salir, las historias, los momentos, las lágrimas y las sonrisas. Es el refugio de lo que hay dentro de mí, que no siempre sale a la superficie y se deja ver. Es un sentimiento y una necesidad. Es la oscuridad de una habitación iluminada por la luz de un flexo, una mesa, una silla junto al radiador y unos dedos que presionan cada letra con agilidad como si llegaran tarde a alguna parte. En definitiva soy yo y mis circunstancias -o las tuyas-. Te invito a quedarte y a soñar conmigo. Comenzamos.

Listen to me again, stop the clocks forever

El poder de la luz verde

“Brillas tras las imágenes del sueño

alumbrando los pasos de quien duerme soñándote”

(Brillas. Piedra Rota. José Ramón Ripoll)

 

Ayer, tomando unas cañas, entre confesiones y risas, hablaba con una amiga sobre la dependencia que nos creamos –porque nos la creamos nosotros mismos– de estar constantemente atentos al móvil. Miramos ansiosos si parpadea una luz verde o no en medio de la oscuridad de la pantalla apagada. Un destello que guarda mucho más que noticias de algún emisor, esconde ilusión o decepción, alegría o angustia, incluso autoestima. Muchas veces nuestro estado de ánimo tiene mucho que ver con que luzca o no una pequeña bombillita, algo que a pesar de ser del todo absurdo, tristemente es real. “En el momento que llegas a ese punto, estás perdido”, decía mi amiga.

La luz verde es la clave de todo, la llave con la que se abren todas las puertas. La luz verde de los semáforos te da vía libre para pasar, una luz verde te indica que están libres los baños, los probadores, las salas de revelado, incluso los confesionarios. Cuando te dicen que tienes luz verde es que tienes permiso absoluto para hacer lo que deseas, ya sea para llevar a cabo un proyecto, para tomar una decisión o para lanzarte a la piscina sin pensar si estará o no llena.

FOTO GATSBY

Pensando en ello, recordé otro tipo de luz verde, la que describió F. Scott Fitzgerald en El gran Gatsby. Aquella que creía tocar con la punta de los dedos desde la lejanía. Esa luz contenía su esperanza, sus sueños, sus anhelos, lo que verdaderamente importaba. Y resulta que noventa años después de la publicación de ese libro, seguimos haciendo lo mismo, esperando un rayo de luz. Ahora es más pequeña, pero igual de intensa, un resplandor que indica que alguien te recuerda, te espera, que hasta podría llegar a quererte. Esa luz que anuncia buenas o malas noticias.

En el fondo estamos rodeados de luces verdes y todas ellas no son más que una llamada de atención, un “estoy aquí”. Como las de los pescadores a la orilla que veía cuando era pequeña las noches de verano en la playa. Una hilera de pequeños puntos que observados desde la lejanía parecían luciérnagas alineadas. O la de la cruz de las farmacias, que son como un oasis en el desierto, y nos solucionan la vida en mitad de la desesperación por aliviar nuestro malestar. O las de los aviones, que indican que puedes quitarte el cinturón, que no hay peligro, que estás “a salvo”.

Todas estas luces verdes tienen un poder especial, aunque no nos demos cuenta. Al igual que Gatsby cuando estiraba su brazo sentía que estaba acariciando el rostro de su gran amor, a nosotros esa luz verde a veces nos hace imaginar que estamos en cualquier otra parte y con solo cerrar los ojos también llegamos a abrazar a los que están al otro lado del lago o del teléfono.

 

COMIENZA LA CUENTA ATRÁS PARA EL DESPEGUE

El invierno pasado dio paso pronto a la primavera y esta le cedió enseguida y con mucho gusto el puesto al verano, que más remolón que de costumbre le quitó días al otoño, que a su vez, se tomó la revancha quedándose más de la cuenta, lo que ha hecho enfadarse a este invierno tardío y ha decidido castigarnos con un frío que pela.

Y así, como sin querer –pero queriendo–, se ha pasado el año. Doce meses muy intensos pero que han ido cayendo a una velocidad de vértigo. Esta vez, el inicio del olor a castañas de las calles se ha juntado con las luces navideñas y los anuncios de fragancias (debe ser que en diciembre compramos colonia para todo el año). Y, sin danos cuenta, ha llegado el 31, el último día del año, el momento de los balances y de los nuevos propósitos, ese en el que nos entra un poco de nostalgia al mirar atrás pero en el que formulamos un montón de deseos para el año que empieza.

El 2014 ha sido un año cambios, de crecimiento (en todos los sentidos), de superación, de mucho esfuerzo, de muchas “primeras veces”, de aprendizaje, de locura y de tranquilidad al mismo tiempo, de fortaleza, de valentía, de desamor y también de ilusión. Doce meses para conocer gente, disfrutar de la gastronomía, beber vinos y “vinazos”, estar en una nube sin despegar los pies del suelo, hablar por los codos como si fueras a quedarte muda, escribir, escribir sin parar. 365 días para decir “no” a cosas buenas por aspirar a otras aún mejores, para salir, entrar, no parar quieta, bailar hasta sin música, reírte, reírte tanto que te duela la mandíbula y el estómago, reírte hasta que las lágrimas salgan porque no puedes parar. Y, sobre todo, un año para ganarle la batalla al miedo que paraliza, recuperar la sonrisa y el brillo en la mirada. Así que, aunque solo sea por eso, el 2014 ha merecido la pena.

Durante todos estos meses he aprendido que ponerle pasión a cada cosa que haces, esforzarte, levantarte cada vez que te caes con más fuerza si cabe, relativizar todo lo malo que te pase, disfrutar de cada instante, hacer lo que quieres y decir no a lo que no te apetece, dejarte llevar, no desaprovechar ninguna oportunidad, luchar por los sueños y creer en ti misma, son algunas de las claves para sentirte feliz , y lo único que pido es poder seguir poniéndolas en práctica en el 2015.

Quería haber escrito otra cosa, pero esto de “volver a casa por Navidad” no deja tiempo para nada, y aunque me encanta escribir, vivir va siempre por delante, así que esta será la última entrada del año.

Mis mejores deseos para todos los que perdéis un poco de vuestro tiempo en leerme, solo puedo daros las gracias y espero que sigáis ahí el año que viene.

Se marcha el año de la puesta a punto, es hora de abrocharse el cinturón porque hay que dar la bienvenida al del despegue. Recuerda dos cosas: “si lo sueñas puede pasar” y “hagas lo que hagas, que te haga feliz”.

Empecé el 2014 con esta canción y quiero terminarlo con ella. ¡¡¡Feliz 2015!!!

 

 

 

 

A PRIMERA VISTA

El domingo por la tarde, entre un par de tés helados y un frappuccino de chocolate blanco, me contaban una historia de amor que parecía sacada de una comedia romántica, pero que ha ocurrido de verdad. Dos personas que no se conocen de nada intercambian miradas en el metro – a quién no le ha pasado alguna vez –, coquetean en silencio durante algunas paradas, ella llega a su destino y sale del vagón dejando atrás a ese chico con el que ha tenido unos minutos de “complicidad”, pero del que se habrá olvidado unos metros más allá (o no). Cuando va subiendo las escaleras, alguien toca su brazo, es él, que con una mezcla de vergüenza y miedo le dice que por favor no se asuste, que es la primera vez que hace algo así, pero que si le daría su número de teléfono porque quiere volver a verla.

Hace un rato, trasteando por internet, me he topado con un artículo de Manuel Jabois titulado: “¿Qué harías si vieras a la chica de tus sueños en el metro?”, no he podido evitar sonreír y pensar: ¿salir corriendo tras ella (o él) e invitarle a un café? “Los amores eternos se suelen dar en pocas cantidades y en lugares tan dispares como un metro, la cola de un autobús o en la caja de un supermercado”, decía Jabois en su escrito. “Parece ser que a veces estás cosas suceden y salen bien”, cavilaba yo.

También leía hace unos días en el blog Café Desvelado, otro texto que hablaba de un encuentro casual de dos desconocidos en una librería comprando una agenda que nunca usarán y que, sin embargo, marcará la fecha del comienzo de una relación entre ambos.

El cine está lleno de estos amores a primera vista, de cruces de miradas que lo cambian todo, de personas que aparecen de repente en tu camino y de las que ya no puedes prescindir. En Todos los días de mi vida, Leo, el personaje que interpreta Channing Tatum, ve a Paige (Rachel McAdams) en una cola, ambos se miran y ¡zas! Él va tras ella, se presenta, toman una copa y no necesitan nada más. Si Leo no se hubiera atrevido a acercarse a Paige o si ella no hubiera aceptado, su bonita historia de amor se habría perdido entre la indecisión y el miedo.

Entonces, ¿es el destino el responsable de este tipo de amor? John Cusack y Kate Beckinsale apelan a él en Serendipity. Coinciden un día comprando regalos para Navidad, surge la magia entre ellos, pero cada uno sigue con su vida. Años más tarde, la ¿casualidad? hace que vuelvan a encontrarse y comprobar si aquella chispa que hubo tiempo atrás fue real o un espejismo y si aún sigue allí. ¿Existen los “accidentes afortunados”?

Ethan Hawke demuestra en Antes del amanecer que tan solo unos minutos son suficientes para saber si merece la pena ser valiente y apostar por lo que tienes enfrente, aunque acabes de conocer a esa persona. Hay veces que debemos bajarnos del tren para ir tras alguien que nos ha “agitado” el corazón. En ocasiones, por el contrario, debemos pasar de largo nuestra parada y quedarnos con ese alguien, sin saber muy bien a donde vamos, pero con la intuición de que la compañía es la adecuada.

Otra escena que recuerdo en la que un encuentro cambiará para siempre la vida de los protagonistas es la de la pequeña Chiyo y el Presidente en Memorias de una Geisha. Una preciosa niña llora desolada en un puente tras haberse caído, de pronto un hombre se agacha para consolarla, seca sus lágrimas con su pañuelo bordado y le compra un helado. Una sola mirada y las cálidas palabras con las que el Presidente hace sonreír a la muchacha de ojos azules bastan para construir un amor tan sólido entre ambos, que sobrevivirá a los años, a las traiciones y a la guerra.

Como suele decirse, la realidad a veces supera a la ficción, y hay instantes en las vidas anónimas tan mágicos o más que los que vemos en la gran pantalla. Consiste solo en estar en el lugar adecuado y en el momento preciso. Una mirada, un gesto, un choque fortuito, un gorro ridículo, una frase sencilla, un apretón de manos, incluso un olor, pueden hacer que esa chispa estalle y algo extraño, una especie de “vuelco”, ocurra en nuestro interior. En ese instante solo tú decidirás qué hacer: dejar que pase de largo o atreverte y correr tras ello. ¿Tú qué eliges?

LOS DOMINGOS DE ESTACIÓN

Los domingos se han convertido para mí en el día de las estaciones y las despedidas. A pesar de la pena que lleva implícita esto, lo cierto es que hay algo en el ambiente de las estaciones que me llama mucho la atención y me encanta. Son, sin duda, lugares singulares en los que un sinfín de comportamientos y de sentimientos opuestos conviven en perfecta armonía.

Si nos paramos un momento a observar lo que ocurre a nuestro alrededor, podemos ver en un mismo instante a un individuo rebosante de felicidad porque acaba de encontrarse con alguien al que esperaba anhelante, y a su lado, casi rozándose, las lágrimas y el desconsuelo de otro que se abraza a alguien que tiene que partir, dejándolo casi sin aliento, como si absorbiera mediante ese abrazo parte de su esencia para guardarla en un frasquito dentro de su corazón.

Hay riñas y enfados – los viajes suelen alterarnos un poco –, nervios y tranquilidad, gente que vocea, otra que se concentra en la lectura mientras espera que anuncien su tren. Algunos que llegan tarde, otros que se aburren porque han llegado demasiado pronto y no ven el momento de marcharse.

Resulta llamativo el contraste de la gente que corre y tiene prisa con la lentitud del tren cuando entra en la estación o cuando se va. La sensación de algunos de abandonar la ciudad, de dejar atrás muchas cosas y a muchas personas, con pena – tal vez con alegría, nunca se sabe –, en contraposición de aquellos que regresan o que vienen por primera vez, cargados de ilusiones y esperanzas, también de miedos.

Curiosamente, en estos sitios uno puede llorar sin que nadie le mire extrañado, cada cual imaginará una razón diferente para esas lágrimas, pero no le juzgarán. Lo más probable es que le dejen llorar a gusto, sin preguntas. Allí se crean enormes burbujas de soledad a pesar de estar siempre atestadas de gente.

Las estaciones tienen algo que las hace especiales, guardan millones de historias, son testigo de los besos más apasionados, de los más tristes, de besos desesperados, inocentes, tiernos, de los que se dan por compromiso, de besos educados, de besos irreverentes… Incluso de los besos que no se dan y que se pierden entre las vías cuando uno ve alejarse al último vagón, cuando ya no hay vuelta atrás y el momento se ha perdido.

Lugares de encuentros y despedidas que cada día dan la bienvenida y dicen adiós a miles de personas. Algunas no repararán nunca en toda la magia que desprenden, otras sin embargo, a pesar de la tristeza, disfrutaremos de la multitud de sensaciones que el momento nos ofrece. Porque la vida no es solo cuestión de mirar, sino de “ver” lo que tenemos delante.

SEPTIEMBRE, EL PRINCIPIO

Aunque siempre se dice que el 1 de enero es el día de comenzar con los propósitos para el año nuevo, para mí es septiembre el mes en el que uno debe empezar los proyectos. Iniciar el curso, como cuando éramos pequeños, cuando esa mezcla de ingenuidad e ilusión nos hacía tremendamente felices y libres, aunque en ese momento no fuéramos conscientes de ello.

Llevo años escribiendo, pero nunca he tenido el valor suficiente para compartir con los demás una de las cosas que más me gusta, más me llena y más me tranquiliza en esta vida. Entre mis retos para el 2014 estaba crear mi propio espacio y he necesitado algunos meses y unos textos de práctica para convencerme de que, a veces, lo que hago se deja leer.

Este será el cajón en el que guarde algunas reflexiones, relatos, fotografías, poemas… lo que se me pase por la cabeza. Con banda sonora incluida porque no concibo la vida sin música. A mi parecer, cada experiencia, cada persona, cada lugar, cada instante de nuestra vida lleva asociada una canción o varias.

Porque todo esto forma parte de un sueño, que tal vez nunca se cumpla del todo, pero por el que me apetece mucho luchar. Porque es mejor arrepentirse de lo que se ha hecho que de lo que se nos escapó ante los ojos por miedo. Porque nunca sabemos de qué somos capaces hasta que nos ponemos a ello. Porque no hay que tenerle miedo a nada y menos aún a lo que te hace feliz. Porque “si te sale ardiendo de dentro” no debes esconderlo. Porque quizá mañana sea tarde.

Por todo esto y porque yo siempre he sido muy de septiembre, no podía ser otro día. Ya no hay vuelta atrás. Aquí comienza: Reflejos de mi mirada, mi visión particular sobre el mundo y sus pequeñas cosas, veremos qué sale de todo esto. Solo me queda dar la bienvenida a todo aquel que quiera darse un paseo por mi rincón secreto.